martes, 21 de noviembre de 2017

DIEZ

1

Nunca es la chica de la foto quien abre la puerta
pero su cara, siempre coartada
por guardar reservas;
quieres llamarte poeta

Siempre les ponen nombres distintos, 
suben tantas fotos
¿Quienes?
buzón de orbitas
de un hombre que leyó un poema y se fue

entre tú y tú:
no vales una décima hoy
Pero siempre guardas tu reserva
de martirio y mañana
excomulgado de un campanario, 
donde mentiras repican: 
testigo necio. 

Dejas algo de ti al otro lado de la puerta, 
un suspiro impronunciable a último minuto
Espíritu, ya no tiene lugar en nuestra boca.

2

Es la hora de una canción entrando por la ventana: 
Alguien como tú la escucharía, 
tú mismo le das la espalda, 
pero alguien como tú encuentra trabajo. 

Otros momentos del día, son historiografías de anécdotas
espesor primero: 
la esponja de lavar platos. 
espesor segundo: 
el ruido. 

Ningún poema debe ser un catálogo de eventos
sino un escondrijo de significados

Como:
Una vez, un muchacho caminaba sobre un puente peatonal:
El sol caía sobre mi cabeza
y arranque un trozo de pared de pintura seca
al bajar, un tranvía verde pasó
y la gente, estoy seguro,
alguien tuvo que verme, si preguntas,
alguien, puede verificar esta historia. 

Espesor tercero: ¿cuándo empezamos a ser amigos?

3

Merece su tiempo,
más no vale intentar siquiera
escapar de la historia al verso, 
primero será la imagen
siglos y siglos después de la palabra

el resto sigue siendo letra y espada
fuerzas, sino
tinta sobre tinta
tafetán en lugar de sangre, 

Breñas donde se esconden insectos feroces
que ahuecan la carne 
de los sonidos cóncavos. 

4

Todos esos lugares estarán sin mi 
Sin saber que allí he sido 
¿Para qué pedirles más que la renovación de los días?
y así volver a sentar una cosa por la otra

porque abandoné (en el límite justo)
una ciudad entera
y nadie llego a reemplazarme, 
sino a olvidar, 

¿Para qué pedir más que la renovación?
mejor apresuro a perder lo que no me pertenece
robar aquello que es mío
extinguirme en los lugares

Con las manos abiertas.
No, guardarlas como piedras 
en los bolsillos, 
monedas de la suerte que damos a cambio
de consumirlo todo. 

Propongo inventar la felicidad en nuestros corazones
No puede estar en este mundo, 
que es igual entre esquina y esquina, 
que doblo desprevenido y frenético.
Mapas de ciudades que he perdido 
buscando lo que no podía estar: 
La luna iluminando la noche, 
la niebla cubriendo el precipicio
la risa de Juliana
las hojas de marzo a inicios de este siglo, copulando entre los árboles
sonando sobre eucaliptos gigantes.

Era cuestión de tiempo para que mandaran a sus peones a talarlos. 

Lugares abigarrados por los sueños no son más que 
desperdicios de un instante, 
o a lo mejor nosotros mismos,
nada más que desperdicios de un instante. 


5

Conversamos sobre el futuro, 
junto a cubos de basura. Ratas
invisibles habrán de devorar
nuestras memorias, así sentirnos cercanos
Ilusos ilusorios iluminados,
inverosímiles e ingenuos
individuos
imantados interiormente
insensibles irreprochables
imbeciles inservibles inadaptados, 
idoisincracia idolatra idonea 
identidad ignea
e idéntica a iglesia iluminada 
irradiando imparable ideología
itenerario e ímpetu;
indios de corazón,
indocumentados. 

La noche siguiente fuimos a ver Barcelona desde tu terraza,
un bunker construido en la guerra, 
cívico era mear, vomitar y fumar. 


6

Un escritor decide que el fin de los conflictos conlleva nueva una parte de su territorio
Hacia esa parte desconocida del mediterráneo
donde cabe la otra mitad de los Alpes, 
entre el plástico y asperón

¿Quién? que como son
cosas fáciles olvido decir
cuánto y por qué, quién, 
cómo
cosas fáciles que repito constantemente
círculos de fuego
girando sobre una cintura

¿dónde está lo que sigue?
o mejor
¿dónde precisa 
perder o ganar?

mientras todos hacen todo:
del amor al crack,
del caballo a la docencia, 
una buena alcoba
una escoba y un recogedor
un tacho de basura para separar los plásticos.

Pero ¿cómo llenar un abrazo?
Si la suelda amarga 
de la hoja hambrienta 
ha eternizado en un cromo su veleidad
y ninguna mirada basta.
Ninguna mirada mira el fondo del universo 
allí siempre estuvo el ojo.

Pero aquí se cierran los párpados 
y las cuencas no pueden cerrarse porque no pueden abrirse

fuera de la real existencia de su Real Majestad
siempre hemos sido esclavos
de la gravedad esbirros
sentimentales como un perro 
que aparece a la final del proceso
el perro que patea y extraña un viejo

He visto todos los tiempos
de todos los héroes
que amaron
toda la vida;
Lugar de intercambio 
de verdades puestas sobre la mesa.
Donde los vecinos estiran su existencia por las ventanas, 
buscando la suya propia, 
¡Y una corona de espinas, por favor!
Rizos cabellos y una fotografía donde jugar a ser Jesús
donde colores no son más 
que giratorios campos 
sin cosechas, esplendidos
campos de nada:

En el borde del puerto alguien gritó
y lo pescó quien ya había zarpado,
y lo retuvo hasta su próximo destino. 
Persistió en las amarras de la felicidad, 
en los golpes y los cantos, ese grito 
para el sentido del allá al acá,
su dirección es: 
c/Eucalipto 25 - 28016
Madrid, España
Consumir preferiblemente
y conservar en un lugar seco 
protegido del calor, 
Disfruta de tu mejor momento del día
La nueva gama del negro
saborea la tradición y calidad extraordinaria
De una pasión
generosa y suave
Más viva que nunca
Mezcla de almendras y visibles avellanas en su interior. 
Juntos enseñamos a los campesinos a cultivar.


7

Porque hay alguien que se descose 
que está deshilachado y roto 
He de venir y hasta que reviente,
entre trapo y trapo
calcar como extingue

su bandera que busca su asta y nombre
como si la descripción precisa
al ser escrita nos permiten llegar
a donde no quisimos pero fuimos 

Con muecas de muñecos
preguntándole a dios por música y comida. 

Tengo una tarjeta de crédito y pienso usarla. 

Cada vez que le extrae un sentido al mundo
ya no puedo inventarle otro. 

Pero hay alguien que cuece patatas 
para convertirlas en papas
y aprieta el tenedor tirando brisas de sal
y pimienta dejando enfriar

Mientras esperas ves tus hombros 
y ya con el cabello tan largo que te los toca
zurzes unas hombreras amarillas 
para llevar el traje de un botones, que también remendo
por largos años un uniforme azul turquesa

Inmediatamente después. 
Antes de que el mediodía avance, 
enciendes un cigarrillo y en cada calada pides una oración:
No dar tu sonrisa a torcer
vivir al máximo
descansar todo el tiempo posible
Esto podría ser rock & roll pero
damos palmadas fuera de los beats
diciendo ¡diablos!
¿No era esto una fiesta?
¿No estudiaban los niños?
¿No se moría de viejo?
¿no se iba a la iglesia?

No, no me llames hermano. 
No me toques, 
No te acerques

Llevo un arma blanca y pienso usarla. 

8. Aquello que le llamamos infancia

Si duermo de lado, 
será porque mi sueño tiene una balanza
al amanecer, acabando de concluir 
todas las esperanzas en mañanitas

Laudos perfiles entre las ventanas 
viñetas, rozando flores de plástico y de papel
por un compás en silencio 
Cambiaría mi lado de la almohada

por un compás en silencio, dije
resbala y menta la paz cuando
disparas las nubes con un revolver de verdad.

Había palabras impronunciables
dragón, rata, Rodrigo
Hasta que la traducción de revivir 
sea posible en hechos.

Camila interpretó a la niña que mandé a quemar los libros
de una película que hice en lugar de otra.

9. 

Para decir adiós, 
ruibarbo,
vegetal y fruta, recuerdo
un árbol de plátanos, verde
y macho maduro 

Rocería en un jardín, 
escuché decir las voces
los dedos ligeros y prestos 
al viento turbina, 
helice, fuga
o talonear
y en el murmullo
escondidas tras el limen 
las ramas muertas
ante la poda
se juzgará su infamia.
En el murmullo existen voces
que no podemos tocar.

Mas la hoja hambrienta
¡Oh! estación estival
antes de plantar el trigo de invierno 
suelda amarga ésta gula
porque el árbol se sostiene a la hoja. 
Donde antes fue ahora
puesto que perdemos la boca,
en beso abra el silencio al frío
para guardar esta estación como un trayecto.

Diría dar, pero sostiene
la hoja al árbol su vaina
con su haz revuelto. 


10. Espaciolina (poema de ciencia ficción)

Decidí quedarme adentro, junto al sillófono
mientras la puerta y la alfombra riñen,
plana y ornamental estaba
el ojo paseaba
estrellas, no estaban lejos 
sino de aquí años, 
de este viento sin aliento
vuelto bocanada 
atrapado en los labios crece
el la linguada cueva
linguete de honda angustía 
viajar de aquí a Puerto Mont 
traficando espaciolina adulterada. 

Hay otra gravedad en el universo
donde el cuerpo es opalino pétalo.
Nos quebramos en el espacio exterior
para volver en la mañanita del mundo alucinado
por el rocío que busca
en el suelo ramaje 
para acurrucar
como si acabara de nacer
la lluvia de bajito
al entrar en Puerto Mont
la nave, 
sobre el mar frente al oceano
ha dejada una estela
que frota sin esfuerzo 
un hilo hacia un cometa 
hasta que su coartada se vea interrumpida por la realidad
un láser apunta al envés de un corazón. 

Quien transporta espaciolina alterada finge. 

Un gas llena la alcoba, 
cirros regresan secos
atravesando el fin de la razón, 
enfilan todos los cristales, 
empañan mis ojos
el examen termina y entramos al laboratorio
Un espécimen tras otro
una piedra lunar,
una roca de Marte
polvo de asteroides. 

Puerto Mont a orillas del cielo 
y el mar que termina
viéndose dos lunas
mientras estalla el día reflejándose en ellas. 

Estalla el envés, sepárase del corazón el tronco
dejando caer bolsitas de espaciolina, 
flota en los brazos
que encuentran el peso muerto más ligero 

sin la gravedad terrestre. 

martes, 3 de mayo de 2016

la suma de todas las criaturas





lo mucho y lo precioso que he perdido: esa fragua, esa luna y esa tarde J.L.B 


La asistencia de la soledad es la fragmentación de las gradas en
rincones y rellanos entre ascensores, si uno tiene uno
para evitar esos lugares incómodos donde alcanzar las cosas cuesta arriba y cuesta abajo corriendo entre las seis y las seis y diez, entre las ocho
y las nueve.
Para no perder el bus y no perder dinero y no perder tiempo
es que la contrahuella es desproporcional a la huella.
Por todo eso hay lágrimas falsas en el cine.


Combinado: el trayecto es más barato, si te quedas más días
si se llega a ser más Viejo,
si se puede palmar sin hospitales ¡Cuánto se quiere y cuánto se aprecia! Cuando cuesta y cuando vale

Como un largo abrazo que encinta el esqueleto
El brazo del viajero que no demora en abrazar los bienes nuevos. El largo brazo de quien trata de alcanzar, el corto brazo
de quien se lleva la mano a los bolsillos, el brazo nulo
de los que se besan acostados.


Es ayer por la tarde y acabo de llegar a casa,
hago lo de siempre,
pero noto que hay alguien en ella a quién amo yo mucho.
Esta sentada en la mesa con su cuaderno
escribiendo con una pluma.
No, era en realidad un rapidógrafo y lo usaba para calcar el tiempo, Pero no era arquitecta,
Y lo usaba para escribir poemas,
Y no era poeta,
Y lo usaba para dibujar el rostro que ella dibujaba,
La llamé madre y me perdí del tiempo sin saberlo
de estas horas nocturnas, de estos principios y restos del día
que estaba esperando, no importa quién si lo que quieren es ahora y que todos son la misma humanidad desesperada por sobrevivirse. La huella es tan corta y los muros tan altos
que no importa. En realidad son solo palabras. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Diario de sueños y arbusto de familia




Me ofrezco a ayudar y comprometo a los que me acompañan, para levantar una carpa que unos señores  se obstinan en trasladar armada por la mitad de la calle para vender comida bajo ella cuando lleguen al triángulo. La alzan de sus cuatro patas, avanzan un poquito y se detienen, toman aire y continúan. Me demoro en poner manos a la obra, mientras tanto, quienes me acompañaban han realizado cívicamente mi promesa. Yo olvido que había quedado en ayudar con la carpa y me subo a un bus.
De noche me van a buscar en donde vivo. Tengo dos fundas de base y una de cocaína. Acepto ir con quienes han venido a buscarme. Vamos a una casa grande. Dormimos unas horas. Quería regresar a casa y fumar, pero no lo logré a lo largo de toda la noche. Comienzan a llegar unos muchachos, a la mayoría de ellos ya les conozco desde la infancia y a sus madres también. Me saludan cuando llegan a por ellos, están furiosas. Ha amanecido. Me quiero ir. Me preocupo por la droga que deje en la mesa del cuarto.
Una mujer, joven y gorda vive allí. No me atrae sexualmente, en la casa grande.
C. se despide de mí. Estoy mal y triste, él dice, “él es así” y me consuelan sus palabras que me entienden.
Son las 9am. Quiero llegar a casa y ver a mis padres, ya no podré fumar. La noche ha terminado.
En una estación de metro me despido de G. y su hijo. Soy muy amigo del niño aunque recién nos conocemos. Me despido de él con un gran abrazo y de G. con unos piquitos apasionados.

En la foto, unos adolecentes parados en un pasillo posando para el anuario. Tengo en ella la expresión de querer irme para entregar algo, recuerdo haber pedido que me esperasen. De todos los que estaban solo recuerdo a M., a mi amigo y a A.

En esta cama, que parece mía y también el cuarto. Decía que terminemos antes de hacernos más daño.
Desde entonces me queda: dos camisetas amarillas, una tristeza y una angustia, y el deseo de amar. Sé que besé a alguien soñando, pero no recuerdo quién era.

Viajo por montañas y playas o una playa en montañas,

¿Has visto a Clint Eastwood en Gran Torino? Acaba de pasar conduciendo en dirección contraria a la mía, no sé en que auto, pero sí sé que viejo, como su personaje en la película; entonces he pensado algo así: “sólo con verlo ya se distingue su fuerza y coraje.” No levante la mirada para verme en el retrovisor. Sabía de antemano que no me veía como él, ni me parezco.



Se acabó la gasolina en la sierra, en un pueblo con gradas y una  típica plaza frente a una iglesia. Era playa, porque no muy lejos he visto la hierba alta, verde salvaje, empantanando a una carroza que se oxida allí mismo; verde azul y gris. Hay que esconderse porque hay un temblor.
Después, clarito me acuerdo, que mientras subo unas gradas blancas le reclamo la amistad al Adolfo y a un punkero. San Gabriel me acompaña. El me respalda y me da una palmadita al hombro, nos perdemos entre la multitud, aunque no estoy seguro de que era una fiesta.

Pero estoy en un pueblo más allá de Ambato.
Hemos pasado un día más o menos aquí. A lo lejos hemos visto una explosión y una inmensa nube de humo ha caído sobre nosotros.
Pero estamos en una casa que es la casa de mi tío, lejos de la mía. Pasando Ambato. No hay tabacos. Vamos a una tienda. Hay agua y colas. Pero yo quiero yogurt y me lo venden a un dólar el vaso. Reclamo, que esta muy caro,  y me dan una botellita que guardo en el canguro de mi saco. 
Grupos, formados por un adulto que lidera a unos jovenzuelos, patrullan vestidos de un color uniforme. Estoy con dos amigos. Vamos caminando y decidimos irnos a Ambato, en el fondo yo quiero regresar a mi casa. Alguien en una camioneta destartalada nos lleva y llegamos a una casa. Yo le cuento de mi perro y mi gato. Quiero llorar. Tengo más pena que miedo. Y aunque pienso en mis padres, no hablo de ellos.

Estamos con mi hermana en la casa de una viejita. Hay otros amigos pero no recuerdo quienes. Hemos pasado la noche allí. Estamos de viaje. Hay un sofá en el jardín, donde están sentados mis padres y mi tío. Allí se pierden cosas. Vamos a la casa de la viejita pero ella está ocupada en atender a una señora y un joven, en lo que parece una consulta ocultista. Buscamos en el jardín las cosas perdidas. Aparecen bajo de los cojines del sofá. No aparece todo, pero si un celular y una billetera, y pienso que está viejita debe hacer que las cosas tengan otra forma porque se encariña con ellas. Nos deja ir (es una suerte), la casa es hermosa y está vacía.

No vuelvo a ver a la señora.

Conocí Guangopolo, sus subidas y bajadas quebradizas. Dos niños jóvenes que me acompañan. Una bicicleta a la que había de cambiar una llanta pero no encontré un taller porque era sábado o domingo. Tenía plata porque me estaba yendo de viaje. Pero no me fui Ni les deje unos dólares a los niños que me ayudaron; les ofrecí hacerlo, pero no lo hice. Subimos a un poste de luz, para ver.
Estuve entonces en mi casa y aquí ya no se puede vivir. Dos niños en blanco-y-negro entraron a mi jardín. Iban abrazados y cantando una canción que decía algo así como que los cóndores son cóndores porque vuelan, y yo entendí que hablaban de ángeles. La mujer que barre, cocina y plancha se sentó en el sillón de mi madre y acaba de escribir algo en el computador blanco que sostiene sobre sus piernas. También había alguien más -más personas. Eran fantasmas en esta casa y pensé que eran ellos,  y su larga presencia, lo que me hacía daño.

El mundo se acabaría. Porque el resto de las personas asaltaron mi refugio, tuve que tomar un transporte junto a una chica muy joven. Era una moto taxi. La chica y yo fornicábamos mientras el conductor grababa el coito. Termine enseguida y debo de haberme quedado dormido. Desperté en otro lugar: viaje de un valle al otro.

Con mi padre fui a visitar una casa donde vivían una chicas con su madre viuda, a quien nunca pude ver claramente. Entablé amistad con una de ellas. Todas eran lindas. Eran nuestras vecinas en la casa donde vivíamos antes. Mi amiga y yo fuimos a Quito. Y al llegar a la ciudad el fin del mundo era una huelga.

Antes de terminar, estuve en dos casas: La primera era la casa de mis tíos, los papás de M. M. no estaba, pero había niños y me parece que eran los mismos niños que vi hace mucho tiempo, eran los mismos, pequeños aún. Jugué fútbol con ellos; lo hacían con fuerza y temí a los balonazos. Me retire del partido y crucé el patio para ir al cuarto donde mi primo tocaba la guitarra. Al abrir la puerta salió su perrito que se había quedado encerrado en el cuarto. Entré, y todo estaba destruido.
La otra casa, intuyó que era de una insigne familia de apellido Montalvo. Sentados en la mesa vacía escuchábamos al padre, que sentado a la cabecera nos hablaba a pesar de estar ya muerto. Le dice al novio de su hija que ya era hora de irse, y hace un recuento de los novios que la muchacha ha traído a casa, sin la menor intensión de resultar incomodo.
No me acuerdo de quien era su hija ni el novio.

Espero afuera de un centro comercial para encontrarme con unos amigos. Pero debo ir a clases. Los chicos de la universidad pasan a mi lado mientras despido a mis padres con un gesto.
Se mezclan unas bicis en donde vamos con mis primos. Y jalando dedo nos perdemos de uno. Quedamos dos en la camioneta, nos llevan hasta un lugar en la Costa y los nombres de los pueblos me recuerdan a mi bisabuela. Al salir de un encuentro en el salón de actos de la Bocona, nos encontramos con mi tía Catalina y un tipo que no conozco que es joven y guapo, y este tipo va a manejar una van donde nos vamos a subir todos. Llega alguien más, tampoco sé quien es, pero es una mujer a quien quiero desde ya. Viajamos. Es como si toda la noche la habríamos pasado despiertos. Para descansar, aparcamos en la casa de un señor donde nos espera una parte de la familia. Incluso está ahí mi perra Vianca, que ha muerto hace algún día hace tantos años.
Y al retomar el viaje has subido al coche también tú. Y le dejo a la chica con la que viaje y me acerco; (ella me recibe, no está celosa) para demostrártelo yo empujo a la chica y le digo que no se atreva a tocarte un dedo. Tú estás bonita. Tienes una manta y los mismos lentes de cuando te conocí.
El vehículo se detiene frente a una hermosa montaña con nieve en su cima. C. va corriendo y la sube. Me da miedo. Al final la sigo, pero ella entro a unas cuevas. Yo estoy colgando de un precipicio, incapaz de lanzarme hacia la cueva al borde de la pendiente.  Ella sale con unas muñequitas de trapo, y juntos los dos, regresamos.

Volvía a despedirme. Mi abuelo José estaba por hay. Yo empezaba a trabajar en una oficina. Era un sábado y el domingo debía salir a las dos de la tarde. Tenía que despedirme de mis padres, de mis amigos, de ti, de todo una vez más. Una mujer cometió un crimen y escribió con sangre en un las paredes de una mediagua. Un niño que pudo ser M. ó pude ser yo traía sangre de otra persona.
Salimos con mis padres de un bar y caminando de regreso a casa mamá se desmayó junto a unos hombres que no la ayudaron. Me ofendí y hable con ellos de palabras que mutuamente desconocíamos. Yo le pregunte a él si conoce basuco.

Nos mudamos con mis padres a la casa de mis tíos. Cajas por todas partes . Habían abandonado muchas de sus cosas. Apiladas, olvidadas o intencionalmente. No eran de valor: eran trapos.
Yo y mi primo subimos al tejado desde el cual se mira mi antigua casa. En la cocina había alguien que no sé quien era.