miércoles, 21 de mayo de 2008

al margen:

Bases Espaciales y Jonrón

“Pero el otro que hay en mí se revuelve,
(…)
le grita en la cara
que solo la revolución
podrá hacerle justicia
a esa anciana.”
L. R. Nogueras

Decir que estamos marcados ó enmarcados en nuestra condición, puede ser una mierda pero igual lo digo. Fundamentalistas de la Clase, la Nación, la Impotencia; los lugares donde nuestra existencia perdura son cada vez menos; la metodología de masas es la negación del YO, es la imposición del algo. Ese algo es una cadena de absurdos, una continua intrascendencia estilística. El triunfo total del concepto, de la norma, de la presentación. Otros fueron los que la destruyan, nosotros no. Nosotros viviremos en ella, en la norma y el concepto. Elipse.
En la calle 34 Sebastián rendía tributo a los Lejanos Maestros. Él estaba comprando unos polvos y más tarde, después de ciertos hechos que aún desconozco, me llamaría desde una cabina telefónica ubicada al norte de la ciudad. Contesté, le dije a Sebastián que me espere, que iría más tarde. Él aceptó. Prendí el televisor, vi la extrañísima imagen de un árbol lleno de ángeles, para la cuál no estaba listo, y lo apagué al instante. Ese momento sonó el teléfono nuevamente era Sebastián, concedí que venga.

Por el ojo de la puerta esta él, Sebastián, como viéndome, mordiendo su labio inferior, mostrando sus dientes ¡frontal, terriblemente frontal! Talvez puede verme a través de la puerta, a través de la misma ranura por la que yo observo. Talvez…. poco cordial de mi parte, estuve mucho más tiempo del que debía viéndole, pensándole. Entonces yo giro la manilla y él bruscamente empuja la puerta, me empuja y entra, estilando, afuera llueve. Nos sentamos los dos en el sofá, laterales, y prendimos la pipa. Él le pego tres pitadas y me la paso, no entera, aunque si para mi solo. Sebastián no paró de hablar, ni yo de fumar, un buen rato. Primer tema: una serie de avenidas y calles caminadas, de parques visitados y de cosas hechas. Segundo tema: “el margen”, piensa Sebastián, “marca el punto de censura entre lo previsto y la aventura,” Yo le digo que todos estamos enmarcados, me mira, sonríe y sigue contando: “…cerca de las tres, aún sin desayunar, he entrado (no recuerdo donde, ni cómo) y soy un concepto, el suelo es tan blanco que brilla, cortado y segmentado por cuadrados cuadriculados (doble, triplemente segmentados) en los que no podía encajar mis pies-zapatos. Una vez que lo logré comenzó todo: algo parecido a un calambre, mis pies no podían caminar sobre las líneas, estaban ellos mismos obsesionados con no pisarlas, con respetarlas, pies que no quieren pisar...”

Sebastián, según entiendo, había tomado conciencia de dos cosas: sus pies son autómatas (¿aquello es posible?) y que el blanco del piso no le hace ningún favor a su pantalón blanco y a sus zapatos blancos, porque sus atuendos, a diferencia del suelo cuadriculado, no brillan. Es claro que la ropa no brilla. Pero hay que recordar que la ropa no brilla, pues todo esto le cayó pesado, como toda revelación, él estaba alterado. Ha visto en el piso sus zapatos, caminando frente a otros zapatos de distintas cualidades; algunos le gustan más, otros no, en fin sus zapatos se enfrentan a otros semejantes. Cuestión que le intimido, lo cuál supongo, le llevo cometer aquello que lamentablemente no sé. Eso ha manchado su ropa de algo bastante más rojo que el blanco y brillante suelo, lo sé.

Salimos, ya apaciguada la lluvia y caída la noche, en busca de cigarrillos. Ciertamente asustados (el polvo surge efecto), y yo pienso en esos negros espectros a mi rededor, en esos negros sentimientos que brotan, más no en esos negros que nos vendieron los hábitos. No existen ideas sueltas, que se queden sueltas. De aquello depende Sebastián, de mantenerme fiel, de mantenerse centrado, de tener aquellos espectros junto a nosotros, de no dejarlos escaparnos. Recuerdo de muchas promesas jamás cumplidas, más esto es un compromiso implícito con sobrevivir. Frente a la tienda, en un patrullero nos observan, ocultos tras los polarizados, rostros que no veo, miradas que nos juzgan mientras vamos llegando.

Después de interminables minutos salimos a una noche bastante más fría y cabrona. Ya no puedo más sin haber nada. Los tabacos son cortos y rápidos. Como la patrulla ya se fue nos sentamos en la vereda y pensamos, no sé si comprar una cerveza o no, es que poco se entiende al futuro cuando la neblina te niebla.

Destapa la cerveza con los dientes e insólitamente se atora. De un brinco se levanta, alza los brazos y se golpea el pecho. Miro con asombro desde el suelo y me encojo. Sus ojos que buscan ayuda en los míos, saltan, queriendo escapar sin lograrlo, hacia mi nimia conciencia de la muerte. Más o menos sereno me levanto y le golpeo la espalda, tan fuerte con la palma abierta, que temo hacerle más daño. Escupe el tillo. La pasividad de los estupefacientes se marcha y el tiempo corre nuevamente, poquito a poco el frío va calmando.

Una o dos horas después caminamos hacia una fiesta: “En verdad rumba como las que sueñas nunca haz tenido,” dijo y sucedió lo que todo el día había esperado. Aproximadamente solos dispusimos a hablar nuevamente sobre aquel camino marginado que el diurno Sebastián transitó. Ese instante cruzábamos redondeles, violando el orden de transito, pero ya era muy tarde para que importe. “un sendero estrecho, marginado por alambres de púas.” Cuenta que en determinado momento decidió cruzar el alambrado. Dice haberse alejado un cuarto de hora de manera perpendicular al camino, por potreros de verdes montículos, cuando “llego a un puente que no cruzaba nada, solo iba de un lado a otro. Era un puente sostenido en sí mismo. Contradictoria imagen, sí, situada rededor de los hechos que condenan al delirio, al desequilibrio.” Él cruzó el puente, él volvió por el mismo, aún sabiéndolo innecesario. Esto alteró su frágil entendimiento de la utilidad.

Al volver al camino, Sebastián, no podía dejar de lado la sensación de que aquello, de que todo, era arbitrariamente un puente… puentes que no cruzan ningún lugar. ¡Mierda es el fin del espacio!, no solo de la historia japoneses hijue putas sino también del espacio y pronto, ya verán, del tiempo suyo también. Una vez más en el marginado sendero, comenzó la tormenta, Sebastián vería en el cielo un rayó, cuyo estruendo tardíamente llegaría a sus oídos (que hasta ahora resuenan), y lo tumbaría inconsciente, no sin antes ver como este alcanzaba un árbol, incendiándolo, calcinándolo, en tan solo segundos.

Extrañamente al despertar, estaba Sebastián en un bus y minutos después en la calle 34. Todos los buses van al mismo lugar: estación central. Confundido y aliviado, encontró a su lado a alguien. Algo o alguien, no sé, que se apresuro a darle la base, mi piso, que hoy fumamos. Sebastián tampoco entiende lo sucedido. Tampoco le importa mucho, la cuestión es que sus planes no se alteraron, a pesar de todo estamos aquí, nos sentimos aquí y nos sentimos así. Eso importa ¿o no? Que estemos presentes, tomando, para mi mismo, para mí, este lado del mundo, ¿lado o lugar? Porque espacio es muy amplio y yo creo que este cuarto es mi base, y esta base es mi cuarto.

Comencé a pensar que no llegaríamos nunca. No llegaríamos a nada, ni a la fiesta, ni a la casa, ni a todo. Angustiado por el recorrer eterno estaba yo cuando apareció ante mí una masa de gente, era la fiesta y a las fiestas nunca se llega tarde. La masa de gente estaba formada por semejantes insignificantes, que me conocen y supongo me desprecian. Yo también los desprecio a todos. Rumba no buscamos señor, buscamos un lugar y agradezca que escojamos el suyo, Mi prima es rubia y guapísima, con ella si podemos. Sebastián entró a la casa y yo lo seguía atrasado.

Entre la calle y la casa esta un patio que colapsa por la presencia de una tortuga madera, que parsimoniosamente devora a un jaguar de madera, con la boca abierta y el caparazón ensanchado. Entré a la casa contento porque la música me gustaba. Como autómatas subimos la escalera y nos encerramos en una habitación de niño, infantilmente decorada, con una cama pequeña donde mucho nos costaba abrazarnos. Sebastián fue la parsimoniosa tortuga y yo el jaguar. Obviamente tiramos, no se enoje, solamente digo como se dice.

Salimos de la habitación entrelazando nuestras manos. “¡Hijos de puta!”, gritó Sebastián. “No, la única puta aquí eres vos, maricón de mierda”, dijo una chica. Sebastián tomó una silla y la lanzó al piso de abajo. Mierda, pensé. Pies que se apresuraban a subir, a llegar hacia nosotros, y puños que caían sobre mi cuerpo. Inconsciente.

Cuando desperté, manchada mi ropa, sin Sebastián a mi lado, lloré básicamente por el dolor en mi cuerpo.

Frente a mí, siempre frontales, millones de puentes empezaban. Ahora supe: estos puentes, que a si mismos se cruzan, que a si mismos se sostienen, debían ser cruzados. Estos puentes eran la negación del yo; no lo cruzaría, sabía yo que no podría negarme. Mucho me importaba la norma y el concepto. El problema es que el puente es transito hacia espacios, no espacio en si mismo. No hay chance, porque si te quedas ahí, en medio del puente, el otro no pasa, y como talvez quiera pasar te empuje y talvez te bote, o simplemente te toque avanzar, aunque no quieras, a la fuerza.
De vuelta a casa sonó el teléfono. Era el papá de Sebastián, le dije que no lo había visto todo el día, que Sebastián había quedado en venir pero no llegó nunca y que de él no sabía nada hacia rato. Él señor dice dos o tres frases de antesala a su despedida y cuelga. Pienso, obviamente, en Sebastián.

1 comentario:

Cambio de piel dijo...

Que el cuento sea tan largo significa que es tuyo?