lunes, 7 de septiembre de 2015

Diario de sueños y arbusto de familia




Me ofrezco a ayudar y comprometo a los que me acompañan, para levantar una carpa que unos señores  se obstinan en trasladar armada por la mitad de la calle para vender comida bajo ella cuando lleguen al triángulo. La alzan de sus cuatro patas, avanzan un poquito y se detienen, toman aire y continúan. Me demoro en poner manos a la obra, mientras tanto, quienes me acompañaban han realizado cívicamente mi promesa. Yo olvido que había quedado en ayudar con la carpa y me subo a un bus.
De noche me van a buscar en donde vivo. Tengo dos fundas de base y una de cocaína. Acepto ir con quienes han venido a buscarme. Vamos a una casa grande. Dormimos unas horas. Quería regresar a casa y fumar, pero no lo logré a lo largo de toda la noche. Comienzan a llegar unos muchachos, a la mayoría de ellos ya les conozco desde la infancia y a sus madres también. Me saludan cuando llegan a por ellos, están furiosas. Ha amanecido. Me quiero ir. Me preocupo por la droga que deje en la mesa del cuarto.
Una mujer, joven y gorda vive allí. No me atrae sexualmente, en la casa grande.
C. se despide de mí. Estoy mal y triste, él dice, “él es así” y me consuelan sus palabras que me entienden.
Son las 9am. Quiero llegar a casa y ver a mis padres, ya no podré fumar. La noche ha terminado.
En una estación de metro me despido de G. y su hijo. Soy muy amigo del niño aunque recién nos conocemos. Me despido de él con un gran abrazo y de G. con unos piquitos apasionados.

En la foto, unos adolecentes parados en un pasillo posando para el anuario. Tengo en ella la expresión de querer irme para entregar algo, recuerdo haber pedido que me esperasen. De todos los que estaban solo recuerdo a M., a mi amigo y a A.

En esta cama, que parece mía y también el cuarto. Decía que terminemos antes de hacernos más daño.
Desde entonces me queda: dos camisetas amarillas, una tristeza y una angustia, y el deseo de amar. Sé que besé a alguien soñando, pero no recuerdo quién era.

Viajo por montañas y playas o una playa en montañas,

¿Has visto a Clint Eastwood en Gran Torino? Acaba de pasar conduciendo en dirección contraria a la mía, no sé en que auto, pero sí sé que viejo, como su personaje en la película; entonces he pensado algo así: “sólo con verlo ya se distingue su fuerza y coraje.” No levante la mirada para verme en el retrovisor. Sabía de antemano que no me veía como él, ni me parezco.



Se acabó la gasolina en la sierra, en un pueblo con gradas y una  típica plaza frente a una iglesia. Era playa, porque no muy lejos he visto la hierba alta, verde salvaje, empantanando a una carroza que se oxida allí mismo; verde azul y gris. Hay que esconderse porque hay un temblor.
Después, clarito me acuerdo, que mientras subo unas gradas blancas le reclamo la amistad al Adolfo y a un punkero. San Gabriel me acompaña. El me respalda y me da una palmadita al hombro, nos perdemos entre la multitud, aunque no estoy seguro de que era una fiesta.

Pero estoy en un pueblo más allá de Ambato.
Hemos pasado un día más o menos aquí. A lo lejos hemos visto una explosión y una inmensa nube de humo ha caído sobre nosotros.
Pero estamos en una casa que es la casa de mi tío, lejos de la mía. Pasando Ambato. No hay tabacos. Vamos a una tienda. Hay agua y colas. Pero yo quiero yogurt y me lo venden a un dólar el vaso. Reclamo, que esta muy caro,  y me dan una botellita que guardo en el canguro de mi saco. 
Grupos, formados por un adulto que lidera a unos jovenzuelos, patrullan vestidos de un color uniforme. Estoy con dos amigos. Vamos caminando y decidimos irnos a Ambato, en el fondo yo quiero regresar a mi casa. Alguien en una camioneta destartalada nos lleva y llegamos a una casa. Yo le cuento de mi perro y mi gato. Quiero llorar. Tengo más pena que miedo. Y aunque pienso en mis padres, no hablo de ellos.

Estamos con mi hermana en la casa de una viejita. Hay otros amigos pero no recuerdo quienes. Hemos pasado la noche allí. Estamos de viaje. Hay un sofá en el jardín, donde están sentados mis padres y mi tío. Allí se pierden cosas. Vamos a la casa de la viejita pero ella está ocupada en atender a una señora y un joven, en lo que parece una consulta ocultista. Buscamos en el jardín las cosas perdidas. Aparecen bajo de los cojines del sofá. No aparece todo, pero si un celular y una billetera, y pienso que está viejita debe hacer que las cosas tengan otra forma porque se encariña con ellas. Nos deja ir (es una suerte), la casa es hermosa y está vacía.

No vuelvo a ver a la señora.

Conocí Guangopolo, sus subidas y bajadas quebradizas. Dos niños jóvenes que me acompañan. Una bicicleta a la que había de cambiar una llanta pero no encontré un taller porque era sábado o domingo. Tenía plata porque me estaba yendo de viaje. Pero no me fui Ni les deje unos dólares a los niños que me ayudaron; les ofrecí hacerlo, pero no lo hice. Subimos a un poste de luz, para ver.
Estuve entonces en mi casa y aquí ya no se puede vivir. Dos niños en blanco-y-negro entraron a mi jardín. Iban abrazados y cantando una canción que decía algo así como que los cóndores son cóndores porque vuelan, y yo entendí que hablaban de ángeles. La mujer que barre, cocina y plancha se sentó en el sillón de mi madre y acaba de escribir algo en el computador blanco que sostiene sobre sus piernas. También había alguien más -más personas. Eran fantasmas en esta casa y pensé que eran ellos,  y su larga presencia, lo que me hacía daño.

El mundo se acabaría. Porque el resto de las personas asaltaron mi refugio, tuve que tomar un transporte junto a una chica muy joven. Era una moto taxi. La chica y yo fornicábamos mientras el conductor grababa el coito. Termine enseguida y debo de haberme quedado dormido. Desperté en otro lugar: viaje de un valle al otro.

Con mi padre fui a visitar una casa donde vivían una chicas con su madre viuda, a quien nunca pude ver claramente. Entablé amistad con una de ellas. Todas eran lindas. Eran nuestras vecinas en la casa donde vivíamos antes. Mi amiga y yo fuimos a Quito. Y al llegar a la ciudad el fin del mundo era una huelga.

Antes de terminar, estuve en dos casas: La primera era la casa de mis tíos, los papás de M. M. no estaba, pero había niños y me parece que eran los mismos niños que vi hace mucho tiempo, eran los mismos, pequeños aún. Jugué fútbol con ellos; lo hacían con fuerza y temí a los balonazos. Me retire del partido y crucé el patio para ir al cuarto donde mi primo tocaba la guitarra. Al abrir la puerta salió su perrito que se había quedado encerrado en el cuarto. Entré, y todo estaba destruido.
La otra casa, intuyó que era de una insigne familia de apellido Montalvo. Sentados en la mesa vacía escuchábamos al padre, que sentado a la cabecera nos hablaba a pesar de estar ya muerto. Le dice al novio de su hija que ya era hora de irse, y hace un recuento de los novios que la muchacha ha traído a casa, sin la menor intensión de resultar incomodo.
No me acuerdo de quien era su hija ni el novio.

Espero afuera de un centro comercial para encontrarme con unos amigos. Pero debo ir a clases. Los chicos de la universidad pasan a mi lado mientras despido a mis padres con un gesto.
Se mezclan unas bicis en donde vamos con mis primos. Y jalando dedo nos perdemos de uno. Quedamos dos en la camioneta, nos llevan hasta un lugar en la Costa y los nombres de los pueblos me recuerdan a mi bisabuela. Al salir de un encuentro en el salón de actos de la Bocona, nos encontramos con mi tía Catalina y un tipo que no conozco que es joven y guapo, y este tipo va a manejar una van donde nos vamos a subir todos. Llega alguien más, tampoco sé quien es, pero es una mujer a quien quiero desde ya. Viajamos. Es como si toda la noche la habríamos pasado despiertos. Para descansar, aparcamos en la casa de un señor donde nos espera una parte de la familia. Incluso está ahí mi perra Vianca, que ha muerto hace algún día hace tantos años.
Y al retomar el viaje has subido al coche también tú. Y le dejo a la chica con la que viaje y me acerco; (ella me recibe, no está celosa) para demostrártelo yo empujo a la chica y le digo que no se atreva a tocarte un dedo. Tú estás bonita. Tienes una manta y los mismos lentes de cuando te conocí.
El vehículo se detiene frente a una hermosa montaña con nieve en su cima. C. va corriendo y la sube. Me da miedo. Al final la sigo, pero ella entro a unas cuevas. Yo estoy colgando de un precipicio, incapaz de lanzarme hacia la cueva al borde de la pendiente.  Ella sale con unas muñequitas de trapo, y juntos los dos, regresamos.

Volvía a despedirme. Mi abuelo José estaba por hay. Yo empezaba a trabajar en una oficina. Era un sábado y el domingo debía salir a las dos de la tarde. Tenía que despedirme de mis padres, de mis amigos, de ti, de todo una vez más. Una mujer cometió un crimen y escribió con sangre en un las paredes de una mediagua. Un niño que pudo ser M. ó pude ser yo traía sangre de otra persona.
Salimos con mis padres de un bar y caminando de regreso a casa mamá se desmayó junto a unos hombres que no la ayudaron. Me ofendí y hable con ellos de palabras que mutuamente desconocíamos. Yo le pregunte a él si conoce basuco.

Nos mudamos con mis padres a la casa de mis tíos. Cajas por todas partes . Habían abandonado muchas de sus cosas. Apiladas, olvidadas o intencionalmente. No eran de valor: eran trapos.
Yo y mi primo subimos al tejado desde el cual se mira mi antigua casa. En la cocina había alguien que no sé quien era.






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